El pasado 13 de enero falleció mi padre tras varias semanas de hospitalización en Son Espases (Palma de Mallorca). A pesar de llevar años enfermo, nadie te prepara para despedir a una entidad tan importante. Rafael no fue un gran ejemplo en muchos aspectos de su vida y mi vida, pero aún cometiendo fallos e imprudencias, su amor incondicional ha dejado huella en mi comportamiento. Le agradezco mucho haberme enseñado cosas que creo debo seguir haciendo y otras que jamás repetiría.
A partir de su marcha, el vacío. Un extraño limbo en el que posiblemente muchos de los que lean esto se estarán reconociendo. Hay algo en ti que no puede comprender que esa persona, ese saco de carne, no esté contigo y no puedas volver a mirarlo a los ojos. Ha sido quemado y mandado al mar, sin funerales y sin tonterías, como siempre dijo que quería irse. Antes, eso sí, volvió a casa con mi madre: su último deseo en la cama del hospital.
Ahora toca pasar el duelo. Cada persona próxima lo hará a su manera; yo quizá lo tendré más fácil que María Magdalena pero sin duda puedo apostar que el alivio se irá imponiendo poco a poco. Pero, a mí, ¿qué me ha pasado exactamente? Técnicamente, he sido incapaz de escribir ni una sola letra en casi 4 semanas; desde el día 8 que ingresó hasta hoy, día 28. Han pasado 20 días en los que he visto cómo reaparecían en mi vida buenas personas, leído todo tipo de mensajes de ánimo y visto cómo algunos suscriptores cancelaban su apoyo.
Seguramente haya divulgadores o "creadores" a los que esto no les ocurra, porque juegan con cierta previsión o tienen una actitud más fría que yo, pero si yo me quedo en silencio, mis proyectos también deben guardarlo. Me encantaría ser más incoherente, pero no contemplo otra forma de hacerlo. Esta web se quedó sin rastro alguno de "vida". Sólo llegué a mandar una nota breve para informar de la pausa, y quedé abrumado por la respuesta de la pequeña comunidad que poco a poco está rodeándome.
Pero creo que no debo dejar de reflexionar sobre la otra parte: la fragilidad de un proyecto (como este) intentando semanalmente prosperar aún sabiendo cómo se presentan las dinámicas de incentivación socio-cultural actualmente. Estoy muy orgulloso del camino que he elegido y siempre intento inculcar motivación a otras personas que quieran emprender el mismo que yo, pero siempre les advierto que no es fácil ver cómo la gente cancela su suscripción si no respondes a sus expectativas.
No sería inteligente abordar esto desde el rencor, porque yo soy el primero que cancela suscripciones cuando intuyo que aquello que estoy pagando no cumple con lo que creo merecer. Yo también he consumido y consumiré cosas como si fueran un grifo. Pero, de repente, surge un imprevisto, tus planes salen volando y observas en primera persona cómo la empatía convive con la lógica de consumo más desapegada. Y esa "lógica" no espera a que nadie se recupere: basta con que faltes una semana, dos, tres, para que la relación establecida se reinterprete como "servicio interrumpido".
Ahí entendí algo que en teoría ya sabía pero que no había sentido así, tan encarnado. Tan literal. La ausencia no es solo un stand by, es una prueba de realidad: revela qué parte de todo esto es vínculo y qué parte es pura inercia en un calendario. En cuanto desapareces, el sistema no interpreta "una persona está viviendo algo", interpreta que "un flujo ha fallado", y lo que tu crees "voz" es en realidad "un suministro que se ha cortado". Es raro asumirlo cuando escribes desde un lugar íntimo, con criterio, con obsesión, porque tú crees que estás construyendo tu monumento y, de repente, te das cuenta de que una parte del mundo (pequeña, pero existente) solo percibe si hay o no hay entrega.
Si os soy sincero, darse cuenta de este tipo de fenómenos da cierta ansiedad. Sube la presión. Si yo dejo de escribir, nadie te reserva un hueco para tu silencio, el sistema no puede paralizarse por ti y tu inestabilidad. El agujero es de mercado y hay cientos de voces ahí fuera listas para ocuparlo. La "máquina" no castiga a nadie en concreto porque no tiene un centro moral, solo tiene oferta infinita y hábitos de sustitución. Tú paras y, en cuestión de horas, tu ausencia se amortigua con otra cosa, con otro texto, con otro hilo, con otra newsletter que sí llegó el viernes pasado.
Y ahí aparece el malentendido que más me interesa nombrar, porque es incómodo, sí, pero también, muy útil. Hay gente que se suscribe a un medio independiente pensando en un producto con frecuencia, como quien paga un gimnasio y exige que las máquinas estén encendidas cada mañana para ellos. Y hay otra gente que se suscribe entendiendo que lo que está sosteniendo no es una cadena de entregas, sino una mirada, una subjetividad, una forma de ordenar el ruido y de proteger contexto cuando todo empuja a lo contrario. Son dos contratos mentales diferentes y que, por otra parte, deben coexistir: para algunos, el silencio es señal de alarma; para otros, "no generar" simplemente forma parte de que esto lo escriba una persona. Una persona humana.
Como ya estamos observando, el discurso público sobre la "autenticidad" está ganando mucho peso, atravesando nichos y poco a poco llegando al mainstream como una nueva necesidad. El rechazo a lo artificial, lo perfecto, lo muy rápido se está gestando y, aunque hay ciertas trampas que debemos conocer, probablemente influya en la creación y distribución cultural de los próximos años. Queremos volver a lo analógico, a lo lento, a la calma, a la fricción, pero ¿estamos preparados para pagar por un servicio de divulgación que, de un momento a otro, puede pararse sin avisar?
No hay villanos aquí, ni ninguna culpa que alguien pueda portar. Es una suma de hábitos, de ritmos heredados, de ansiedad colectiva por no quedarnos atrás. Es esta economía que premia la continuidad como si fuese una virtud moral. La rueda sigue incluso si alguien se cae o no tiene más fuerzas. Porque el sistema está diseñado para que nadie sea imprescindible, ni siquiera cuando lo que está en juego es precisamente "lo que consideramos auténtico, humano".
Sin más: gracias eternas a quienes sostuvisteis el silencio y gracias a quienes me habéis invitado a reflexionar sobre esto.