"Mira hacia ti, pero no te mira".
No recuerdo bien el día, pero el pasado mes de junio empecé a guardar miniaturas de los vídeos de Ibai en una carpeta. Fue algo instintivo, incluso antes de saber qué estaba notando o buscando. Había una en la que lleva unas Apple Glasses y parece estar apunto de comerse un zapato relleno. En otra aparece junto a Piqué, dentro de un lujoso showroom de mármol iluminado y que expone camisetas de fútbol históricas. En otra, aparece junto a otros dos streamers en Argentina, y su rostro parece descompuesto antes de hincarle el diente a ese choripán.
Las escenas estaban fabricadas de una manera tan evidente que nadie puede sentirse engañado. Son decorados, exageraciones consentidas, la versión actual de poner flamas detrás de una cara sorprendida. Esto es importante porque al ser tan "evidente" que estamos ante algo creado con IA generativa, la técnica se libera de la presión de la sospecha. Son miniaturas que declaran su falsedad, vaya. Pero hay algo más: si te acercas bien, notarás que los ojos de Ibai están muertos. Da la impresión de que no hay nadie dentro.
Cuando conseguí verbalizarlo entendí dónde estaba la fricción: el fondo admite que es un decorado mientras el rostro parece seguir trabajando para parecer auténtico. Y ese detalle me llevó a la pregunta sobre la que se construye esta pieza: ¿Por qué un rostro que reconocemos, el de alguien que llevamos años viendo hablar en directo, se vuelve un cascarón en cuanto pasa por el generador de inteligencia artificial?

El promedio no mira a ningún lado y no tiene a nadie dentro.
Las caras generadas por inteligencia artificial se perciben como más simétricas, mejor proporcionadas y más atractivas que las de las personas reales. Y a la vez como menos distintivas, menos memorables. La razón es pura aritmética: el generador está sesgado hacia la media matemática de las decenas de miles de rostros con los que ha entrenado. Produce, literalmente, la cara promedio. Y una cara promedio es, por definición, la cara de nadie.