"¿Cómo sabes si las naranjas que has comprado en el supermercado son realmente orgánicas?" Es will.i.am el que tiraba esta metáfora cuando en Bloomberg le preguntaron qué pensaba al respecto de separar la música humana de la sintética. Normalmente no lo averiguamos por el sabor o la forma: son sellos y certificaciones de los que nos tenemos que fiar cuando compramos alimentos.

Cuando en 1992 Rage Against the Machine pusieron en el mercado su álbum debut, lo hicieron con este disclaimer: "no se utilizaron samples, teclados ni sintetizadores en la creación de este disco" ("no samples, keyboards or synthesizers used in the making of this record"). Más allá de fijar su posición ante la "técnica", aquello parecía una puesta en escena: todo el mundo daba por hecho que eran humanos (y auténticos), pero decidieron recurrir a una autenticidad declarativa. Luego se supo que en el disco había más narrativa que otra cosa: para lograr esa ilusión de rareza "no sintética" dependieron mucho de efectos, pedales y trucos tímbricos.

Hoy, en 2026, no nos conformaríamos con esa nota al pie en el libreto de un disco. Si esa obra se lanzara mañana, al día siguiente internet se llenaría de mensajes y comentarios de sospecha: "es verdad o es IA?", "ummm huele a Suno". Porque estamos asimilando que el espacio cultural está infectado por creaciones sintéticas o híbridas que ya no podemos distinguir. Lo de "esto lo hice yo" ya no sirve para nada y la escucha tampoco es suficiente.

Como bien adelantó Adam Mosseri, CEO de Instagram, en su mensaje de despedida de 2025: "la autenticidad se está convirtiendo en algo que se puede reproducir infinitamente". Hace unos meses analicé ese mensaje exhaustivamente, porque me pareció el primer gran síntoma de lo que viene: las plataformas quieren capitalizar nuestra disputa sobre qué es IA generativa y qué sigue siendo humano.

Ante esta realidad, donde la autoría ya no es algo "presumible" y tendrá que auditarse, clasificarse y verificarse, se inicia una carrera tecnológica por definir los estándares de legibilidad. ¿Qué cuenta como intervención humana suficiente y quién tiene la autoridad para certificarlo? ¿Quién se convierte en una nueva e innecesaria capa de mediación? Este viraje notarial de toda plataforma que pueda albergar trizas sintéticas en productos culturales determinará nuestra relación con estas herramientas y con esos espacios.

Disclaimer en el álbum debut de Rage Against the Machine (1992)