Antes de su vídeo pidiendo disculpas, nadie hubiera dicho que a ROSALÍA le preocupa el ruido blanco que se genera a su alrededor y casi con todas sus apariciones públicas. Primero fue su tibieza ante el genocidio en Palestina, después su aparición mariana en Callao, luego su espiritualidad LED en 'LUX' o la desastrosa venta de entradas para su gira. Más recientemente, tuvo otro traspiés cuando afirmó rodearse de "ideas feministas" pero no ser lo "suficientemente perfecta" como para considerarse "dentro de un ismo".

Por último, en una entrevista junto a Mariana Enríquez, patrocinada por Spotify y en un conocido bar argentino (Los Galgos, en Buenos Aires), la escritora le preguntó sobre su pintor favorito. ROSALÍA reveló que le gusta mucho la obra de Pablo Picasso, tótem del cubismo muy cuestionado en los últimos años por su comportamiento abusivo, misógino y controlador hacia las mujeres. Dijo esto, concretamente:

"Me gusta mucho Picasso y nunca me ha molestado diferenciar el artista de la obra porque quizás ese señor yo lo hubiera conocido y no sé, a lo mejor no me hubiera caído tan bien por las cosas que me han explicado, pero luego digo, ¿quién sabe? A lo mejor sí o no lo sé y no me importa. Es como que no me importa, disfruto su obra".

"A no ser que yo hubiera convivido realmente con esa persona y hubiera tenido una experiencia real de esa persona, yo quién soy para juzgar".

Tras más de una semana en la que no ha cesado el "paracontenido" derivado de sus declaraciones, y sucumbiendo a la enorme presión, la artista catalana emitió un vídeo en el que reconoce su equivocación, alegando que no tenía conciencia de "los casos reales de maltrato" por parte de Picasso, pidiendo además disculpas por la falta de sensibilidad y por no haber empatizado con "esas mujeres y esos testimonios".

"Es verdad que me he equivocado. Tenéis razón, absolutamente. Gracias por decírmelo y voy a intentar aprender más y intentar no hablar de según qué temas cuando una no tiene suficiente conocimiento".

Pero el comunicado en primera persona no se queda en una justificación borbónica por su desliz con Picasso, y acto seguido expone su incomodidad con la exigencia contemporánea de posicionarse "de una forma muy clara" en un mundo que siente "muy polarizado". Lejos de calmar el ambiente, la "disculpa" ha metido a ROSALÍA en un segundo acto de un problema del que aquí llevamos hablando más de un año: el colapso actual de la "neutralidad" y la imposibilidad de una admiración descontextualizada.

¿Qué ocurre cuando una artista global intenta hablar desde la "admiración estética" en un ecosistema que ya no concede esa separación como un privilegio estable/legible?
El "objetivo móvil".

Efectivamente: nada es suficiente. Y no, no eres tú, es la legibilidad.

¿Cuántas celebridades siguen hablando como si aún existiera un afuera inocente con respecto al contexto? ROSALÍA, una estrella fabricada en pleno régimen de hipervisibilidad, ha aprendido a las malas que la admiración estética dejó de ser esa especie de cuarto interno donde una obra podía seguir a salvo a pesar de la biografía de su autor. Ya no hablas desde tu salón privado, estás encima de una tarima global. La separación puede seguir afrontándose como consigna personal, pero ya nunca más será aceptada por el sistema digital de distribución cultural.