Tengo 41 años y nunca fui de vacaciones con mis padres. Ni en verano. Soy de esa clase media baja que quizá nunca ha aceptado del todo que es clase baja. A pesar de ello, sí me considero un privilegiado: me paso el día escribiendo o recopilando información, en mi piso con luz natural en Gràcia y en el que tenemos hasta vestidor. Mi pareja y yo tomamos cúrcuma con sal marina y jengibre por la mañana, en ayunas. Y acudimos siempre a la misma tienda asiática a buscar nuestro kimchi preferido (porque hay que tratar bien a la microbiota si quieres que ella te trate bien a ti).
Digo que lo vamos a buscar porque, por ahora, ninguno de los dos sabemos fermentar. Lo único que fermenta en mi interior es la fibra. No puede decir lo mismo María Lo, joven chef gaditana asentada en Barcelona y conocida popularmente por haber sido la décima ganadora de Masterchef. En un reciente fragmento de su visita al programa de radio Gastroser, la andaluza surgía preguntando varias cosas a una audiencia figurada.
Entre ellas: "¿sabemos fermentar?"
El contexto del vídeo es mucho más amplio: Lo abraza de lleno un discurso al que cada vez más celebridades se están acercando: "necesitar menos para vivir más y no estar todo el rato produciendo". La misma ROSALÍA ha portado esta consigna en gran parte de la campaña para 'LUX'.
Tras compartir dicho vídeo a través de mi cuenta de Instagram, advirtiendo de que esta retórica esconde una nociva "pedagogía de clase", mis DMs sobrepasaron la media. Mantuve vívidas conversaciones con algunos usuarios, y quiero dejar mis honestas reflexiones al respecto en un artículo que, además, aborda frontalmente una de las tensiones más incómodas que estoy sufriendo como "creador de contexto".

"End of the world consumers" VS "end of the month consumers"
De primeras, la capa que todo el mundo llega a distinguir: hoy, la "lentitud", la "desconexión", la "fricción", lo "analógico" y la "autenticidad" empiezan a considerarse formas de distinción ante un presente contaminado de perfección, saturación y mediocridad.
La aceleración, la "democratización" de la IA generativa y la ansiosa productividad empiezan a generar rechazo. O, a lo sumo, la necesidad de camuflaje: muchos usuarios empiezan a simular "resistencia", "escape algorítmico". Porque es lo que se debe decir en estos momentos, aunque después sigan en la misma rueda que los demás.
Mi amigo Julen me contestó al reel de María Lo, de primeras, con esto: "end of the world consumers" VS "end of the month consumers". Y a partir de esa comparación con claro potencial memético voy a construir este primer bloque.
Hay sujetos cuyo horizonte de angustia está en el colapso ecológico, en la mencionada saturación digital, la hiperconectividad o la degradación cultural; y hay otros cuyo horizonte inmediato sigue siendo llegar a fin de mes, poder pagar su alquiler (si es que lo tienen), cuidarse lo que puedan y, sobre todo, no hundirse.
También sabemos de sobra que alguien puede ser pudiente, alcanzar todo lo deseable sin apenas esfuerzo y aún así necesitar que Alexa les recite haikus por las mañanas porque de lo contrario no podrían ni levantarse. Pero al margen de casos concretos, el tipo de "urgencia" es distinta y es un hecho que no todas las crisis se experimentan desde la misma base material.
Gente como María Lo, contra la que no tengo nada en absoluto, pueden convertir sus "altos malestares" en un discurso que influya indistintamente de la clase social. Pero, a su vez, al ser ese discurso tan visible, las condiciones materiales de posibilidad acaban difuminándose.
De hecho, la esfera pública está repleta de malestares (legítimos) formulados desde arriba que luego bajan convertidos en "normas blandas" (véase performatividad, manierismo, en este caso: slow life, premiumización de la lentitud) e impactan en personas que ni tienen margen para plantearse tales cuestiones.

La prescripción de sensibilidad de ciertas clases altas choca con el régimen de legibilidad en internet.
Hace no mucho presencié una polémica en la que Juana Dolores identificó en la escritora asturiana Sara Torres un síntoma similar: un discurso alabando las bondades de la clase trabajadora propagado por una persona que jamás ha pertenecido a la clase trabajadora. Aunque en ese caso se trata del muy común cosplay "ricos que se hacen pasar por pobres", estamos en las mismas: narrativas hermosas, sensibles, rozando lo bucólico y que, al margen de si son auténticas o no, están omitiendo sus condiciones de posibilidad.