"Entonces 'separar la obra del artista"... ¿(aquí) sí?"
Fue lo que recibí directamente a mis DMs cuando el pasado sábado 21 de febrero, por la noche, comencé a compartir algunas de las canciones que más me recordaban a Willie Colón. Cada vez lo hago menos, eso de compartir música en un canal de "redes sociales", pero la muerte del Malo bien merecía un pequeño homenaje.
Concretamente, me acordé de Chinacubana, una composición orquestal a medio camino entre la Salsa instrumental y la banda sonora Blaxploitation al estilo Lalo Schifrin. También de Angustia Maternal (dentro de su obra/álbum más arriesgado y experimental, El Baquiné de Angelitos Negros) o, por supuesto, de Siembra, probablemente el disco más emblemático de la edad dorada de la Salsa en Nueva York.
Llevo tatuado el logotipo de Fania en mi brazo derecho, junto al anillo de Héctor Lavoe, así que como podéis imaginar, podría haberme tirado toda la madrugada convirtiendo mi feed en un tributo a la música de Colón. Decidí no hacerlo, al igual que decido que este artículo no sea un "homenaje expreso" a la Salsa o al compositor.

Porque aquel mensaje me cortó la digestión. He escrito y reflexionado mucho sobre cómo ha cambiado la eterna tensión entre obra y artista con la llegada de los canales sociodigitales, y particularmente sobre sus contradicciones. Yo mismo lo explicaba así en La extinción del "artista neutral", poniendo como ejemplo a Ozzy Osbourne y la polarización del discurso público posterior a su fallecimiento:
"El público, por lo general, ya no separa obra y figura: evalúa ambas a la vez, a través de la misma imagen. Pero eso no quiere decir que la separación haya dejado de existir: justamente, sigue presente como herramienta u objetivo móvil. Ha dejado de aplicarse de forma estable o justa. Esa distancia entre el artista y su output ahora se activa o se anula según las tensiones del momento, la presión pública, la carga simbólica de la figura y el beneficio que puede extraerse de defenderla o atacarla. Se separa cuando interesa hacerlo".
Además de esa pregunta, el susodicho mensaje llevaba consigo una captura de pantalla de un tuit que enumeraba todas las conductas poco éticas que Willie Colón había tenido en su vida: robo creativo, burlas, machismo, homofobia, clasismo y Trumpismo explícito. Al instante, y aunque conocía de buena tinta todas esas manchas del músico, me vi reflejado en un mecanismo que llevo tiempo describiendo: lo que se vierte en un feed trae como consecuencia una posible auditoría.
Expresar duelo, poner una canción, citar un disco o un simple "gracias", "que descanse en paz". Sea lo que sea, será leído como una toma de partido, un aval a la figura, en vez de ser interpretado como lo que realmente es: sencillamente, un "ey, esto me marcó". Una prueba en primera persona sobre la imposibilidad actual de mantener la "neutralidad" y detenernos a contextualizar; las intenciones detrás de esa emisión pública desaparecen virtualmente, y en vez de honrar un momento cultural, estás compartiendo todo un paquete biográfico (con sus derivas políticas y sus fealdades).

A efectos de la interfaz digital en la que hoy en día se distribuye y consume el contenido cultural, tu recuerdo es un posicionamiento. Estás respaldando a un artista que fue, cuanto menos, discutible. No se admiten pies de página o matices largos, y todos estamos entrenados para reaccionar y rápidamente identificar qué es una señal de pertenencia y qué una traición. Una simple canción o un álbum de Willie Colón viene con un paquete moral incluido. Aunque sepamos que no es así, las dinámicas sociodigitales nos conducen a este abismo: "escuchar" es lo mismo que "absolver".