El próximo 11 de noviembre, los trabajadores de lo que en algunos lugares se conoce como "España" están llamados a secundar una huelga general de 24 horas, convocada por CCOO, UGT, CGT, CNT y otras organizaciones sindicales para reclamar mejoras salariales y medidas frente al encarecimiento de la vivienda y del coste de la vida.

La convocatoria, que brotó a partir de las movilizaciones en defensa del derecho a la vivienda intensificadas tras el desahucio de Maricarmen Abascal y el rechazo posterior del Congreso de los Diputados a los dos reales decretos-ley en materia de vivienda, ya está alterando la programación cultural (especialmente en la capital, Madrid). Hay varios ejemplos en el segmento más "mainstream": el Teatro Real ha adelantado Las bodas de Fígaro al lunes 9, mientras que el dúo argentino Miranda! ha cambiado la fecha y el recinto de su concierto. Y la empresa Stage Entertainment ha cancelado las funciones del 11-N de El rey león y El alma al aire.

Ante este tipo de reprogramaciones, los ya mencionados CGT y CNT han denunciado que algunas empresas están desplazando funciones y reorganizando los días de descanso de sus plantillas, lo que, según los sindicatos, podría vulnerar el derecho de huelga de los trabajadores.

Pero escuchad, ¿y en la industria musical? Digo dentro, en sus intestinos, esa parte que no tiene que ver con conciertos, ni con teatros ni necesita músicos físicamente presentes para seguir "funcionando". Me consta que varios amigos míos y próximos que trabajan en academias de formación o discográficas ejercerán su derecho a la huelga. Yo lo haré, aunque cada vez tenga menos que ver con la industria musical y más con la "industria cultural" jaja.

El próximo 11-N saldré a la calle y no produciré nada, no publicaré nada en mis canales de redes sociales y evitaré avanzar en cualquier pesquisa o detalle que tenga que ver con mi "trabajo". El otro día lo pensaba; puedes pararte 24 horas, pero ¿qué pasa con todo lo que tienes disponible en tu web? ¿Qué ocurre con los más de 200 artículos, los podcasts colgados en YouTube o las más de seiscientas publicaciones en Instagram?

Poco, o casi nada, me diferencia en este sentido de cualquier entidad creativa o artista musical, ¿no? Uno de ellos puede suspender una actuación, negarse a entrar al estudio, cancelar sus entrevistas programadas o cualquier otra actividad promocional durante la jornada de huelga. Pero ¿y su música grabada? ¿Continuará disponible en Spotify, Apple Music, YouTube y todas las plataformas donde se distribuya? Mientras ese músico participa en una manifestación o decide quedarse en casa, ejerciendo su pleno derecho a la huelga, sus obras (véase canciones, álbumes) pueden seguir acumulando reproducciones y, por tanto, generando ingresos para los diferentes titulares de derechos que participan en su explotación. Una cosa es "crear", y otra muy distinta, el rendimiento.

Esto no significa que como artistas estemos trabajando mientras hacemos huelga ni tampoco que debamos renunciar a cobrar por lo que hemos producido en el pasado. Seamos realistas: los escritores no tienen que retirar sus libros de las librerías, ni los actores impedir la emisión en Netflix o HBO de sus películas ese día concreto. Pero imaginemos por un momento que un músico quisiera ir un poco más allá; que, además de interrumpir su actividad profesional durante veinticuatro horas, decidiera suspender temporalmente la circulación comercial de su repertorio.

Bootleg, homenaje y adaptación de la corriente memética popularizada por SSENSE, en la que se usan las imágenes y fotografías de sus propios shootings

Yo, como artista, ¿podría pedir que todas mis canciones dejaran de estar disponibles exactamente el día 11-N y que volvieran a aparecer al día siguiente?

Sinceramente, cuando esta pregunta apareció en mi cabeza (yo, que conozco el funcionamiento de la distribución digital de música pero jamás he subido ninguna canción a ningún sitio), lo que vi en mi cabeza fue un interruptor. Un switch, como el de iOS: gris apagado y verde encendido. Derecha, izquierda. Siempre que Ye actualizaba uno de sus últimos álbumes en cualquiera de los servicios de streaming, yo había pensado en esos términos: los artistas pueden quitar y poner lo que quieran y cuando quieran. "El servicio tiene la obligación de responder ante sus designios", pensaba para mis adentros. LOL.

Obviamente, habéis acertado: no es tan sencillo. Para hacer una prueba simple, imaginemos a un productor independiente que ha publicado varios discos durante los últimos años y que conserva la propiedad total de sus grabaciones. Digamos que no depende de ninguna multinacional/major, controla sus propios lanzamientos y utiliza una distribuidora como DistroKid para enviarlos a las plataformas. Sobre el papel sería uno de los artistas con mayor autonomía para tomar una decisión de este tipo.

Lo primero que descubriría nuestro "productor independiente" es que mi imaginación ha ido muy lejos: Spotify no ofrece ningún botón para suspender temporalmente un catálogo desde el perfil de artista. Para solicitar una retirada debe recurrir a su distribuidora, que es quien mantiene la relación técnica con el servicio de streaming en cuestión.

Spotify necesita al menos dos días hábiles para procesar la petición una vez recibida, mientras que DistroKid calcula que las eliminaciones pueden tardar entre dos y cinco días en esa plataforma, hasta una semana en Apple Music y bastante más en otros servicios. En Deezer, justamente, los tiempos pueden prolongarse durante dos semanas y en Instagram o Facebook → hasta ¡¡¡cuatro!!!

Bootleg, homenaje y adaptación de la corriente memética popularizada por SSENSE, en la que se usan las imágenes y fotografías de sus propios shootings

Vaya, la primera en la cara: aunque el músico quisiera que su repertorio desapareciera únicamente durante el miércoles 11, las diferentes plataformas no tienen por qué ejecutar las solicitudes a tiempo (ni al mismo tiempo). Después vendría otro problema: la recuperación. DistroKid en concreto advierte que una solicitud de eliminación ya enviada "no puede deshacerse", de modo que el artista tendría que gestionar una nueva entrega de los lanzamientos que haya suprimido.

Hay que decir aquí que existen procedimientos profesionales que permiten modificar la disponibilidad territorial de un álbum o restablecer derechos sobre grabaciones previamente distribuidas sin empezar necesariamente desde cero. Spotify, por ejemplo, contempla que los proveedores autorizados puedan reactivar los derechos de una grabación mediante una actualización. Pero como hemos dicho, nuestro músico ("independiente") depende de las herramientas que la distribuidora ponga a su disposición y de los tiempos de procesamiento de cada servicio.

Por lo tanto, para ejecutar una protesta de veinticuatro horas, como la del próximo 11-N, nuestro sujeto tendría que ponerse a gestionar bajas y modificaciones con varios días de antelación, sin garantías de que su música desaparezca y reaparezca exactamente cuando él lo desee. Y a pesar de dichas gestiones, si éstas afectan a canciones que aparecen en otros recopilatorios, colaboraciones o versiones editoriales publicadas por terceros, el "productor independiente" podría encontrarse con la imposibilidad de desaparecer por completo. A pesar de sus esfuerzos, todavía habrían restos disponibles para reproducción en los servicios.