¿Hay, ahora mismo, alguna forma más explícita de oponerse a la cultura de la optimización que ponerse a fumar como un carretero?

Se me ocurren pocas mejores o más lúcidas, y ninguna tan asequible: puedes cerrar tu Google Calendar, dejar que la batería de tu Apple Watch se acabe y salir al estanco a comprarte pitis para una semana. Simplemente, fumar; como hace Charli XCX en sus sesiones de fotos o como hizo ROSALÍA en un podcast reciente antes que la denunciaran.

Empezar a encenderse cigarros como una apuesta personal, incluso una apuesta "tecnológica". Durante una entrevista en Face the Nation, de la CBS, el director tecnológico de Palantir (Shyam Sankar) aseguró que "numerosos investigadores de inteligencia artificial habían empezado a fumar para demostrar a sus compañeros hasta qué punto confiaban en las capacidades futuras y avances de esta tecnología". La lógica, si es que hay alguna, es en realidad una apuesta por la próxima revolución médica: si estoy completamente convencido de que la IA acabará curando el cáncer, como OpenAI tenía puesto en su web oficial hasta hace un año y medio, puedo empezar a fumar ahora mismo sin preocuparme demasiado. ¿No?

Una especie de "YOLO tecnológico" (jaja), pero respaldado por la promesa de una inteligencia artificial superior y mecanismos sobre los que Ray Kurzweil (uno de los grandes ideólogos de la conocida singularidad tecnológica) lleva más de una década especulando: nanorobots dentro de tu propio cuerpo que serán capaces de curarte antes incluso de que desarrolles cáncer de pulmón.

Margaret Brennan, la periodista que entrevistaba a Sankar, se quedó estupefacta. De hecho, es posible que Sankar estuviera de coña, que hubiera querido ser irónico ante el delirio colectivo y narrativas apocalípticas alrededor del advenimiento de la inteligencia artificial general (AGI). (Según él, buena parte de Silicon Valley ha depositado sus esperanzas en una especie de "dios-máquina" al que atribuye la capacidad de decidir nuestro futuro).

Lolo & Sosaku el pasado 16 de octubre en la Capella del MACBA. 📸 de Anna Fàbrega.

Pero cuidado, no estoy completamente seguro de que fuera una broma para acaparar titulares, porque el pasado septiembre ya apareció un extenso reportaje en Business Insider que alertaba de la misma tendencia. En Cig Tech, Henry Chandonnet describía una pequeña contracultura de fundadores, ingenieros e inversores tecnológicos que fuman como lo harían los chinos como un nuevo signo de distinción (y negación) ante una industria obsesionada con la longevidad y el rendimiento personal.

Sin ir más lejos, Stephen Campbell, cofundador de Revamp AI, explicaba en la pieza que fumar le había permitido entablar relaciones profesionales e incluso contratar a algunos de sus empleados. En uno de sus viajes a China, los cigarrillos fueron parte del ritual que acabó convirtiendo una reunión comercial en una relación mucho más cercana, entre barbacoas, rondas de baijiu y un karaoke donde terminaron cantando Oasis. Jake Jolis, socio de Zeno Ventures, asegura que algunos fundadores fumadores "transmiten una actitud despreocupada que podía resultar atractiva para los inversores".

En este punto no me cuesta acordarme de que, en realidad, la nicotina ya lleva tiempo transitando los bajos fondos de Silicon Valley. Lo contradictorio es que ha estado presente, sobre todo, bajo formatos más compatibles con la mencionada obsesión por el rendimiento: chicles, vapeadores y bolsitas como las de Zyn, consumidas bajo el labio por sus supuestos efectos sobre la concentración.

Al parecer, después de convertir cualquiera de sus hábitos personales en "operaciones de mantenimiento" y "optimización", estos ejecutivos están pillándole el rollo a algo "agresivamente ineficiente", como lo definía el mencionado Stephen Campbell. Incluso voy más allá: si confías en que la cura contra cualquier desperfecto corporal está a tiro de piedra, hasta puedes incorporar las cajetillas como parte de tu estrategia para estirar la longevidad.

Lolo & Sosaku en Perros Chaos (y otras historias)

Cambiando de tercio, pero no de fondo: recuerdo cuando a Sosaku Miyazaki, una de las dos mitades del dúo artístico Lolo & Sosaku, le preguntaron qué partes de su cuerpo le gustaría mecanizar. El japonés respondió que se convertiría completamente en un robot, incluidos el cuerpo y la mente, aunque mantendría dos capacidades: fumar y tomarse algo de vez en cuando. Lolo Della Pietra, el otro 50%, prefería sustituir todos sus órganos internos, excepto el cerebro, por mecanismos artificiales "más resistentes".

Siendo honesto, me hizo gracia releer aquello después de haberlos visto actuar de nuevo el pasado viernes en la Capella del MACBA, donde presentaron Perros Chaos (y otras historias), dentro del programa MURMURIS XI. Porque justamente Sosaku lleva media vida construyendo automatismos y, sin embargo, parece especialmente interesado en conservar algunos de los comportamientos "menos optimizables" de nuestra existencia.

Para sus dos intervenciones, la pareja hizo instalar un gigantesco sound system (una catedral con más de veinte altavoces en forma de pirámide que esperaban a los asistentes nada más entrar por la puerta, como les esperaría el trono de una iglesia, iluminado desde fuera), además de sus dos mesas metálicas llenas a rebosar de chatarra y un inquietante instrumento en forma de arpa-columna-vertebral que también esperaba ser manipulado por su colaborador Tito Díaz.