*El título de este artículo está provocado directamente por esta pieza en aparecida recientemente en la publicación REMEZCLA.
Hace un año y unos meses, en mi análisis al fenómeno 'DeBÍ TiRAR MáS FOToS', presenté a Bad Bunny como un nuevo síntoma de época: una "solución Pop" para la "celebridad cansada de ser celebridad", agotada de homogeneidad y a sabiendas que el público (por las mismas causas), necesita de singularidad, regionalismo y un poco de ese "volver a casa". Algo que pueda servir como respuesta al hartazgo de globalización pero al mismo tiempo esté empaquetado como identidad para el consumo masivo.
Recibí muchos comentarios negativos entonces, y no sólo por dar mecha al "no expliques la latinidad o Puerto Rico a los puertorriqueños, maldito blanco europeo", sino por usar la metáfora de los stickers. En aquel momento me refería a lo mismo que hoy: no podemos negar el orgullo que Bad Bunny tiene por su cultura, nadie se opone a que sea un boricua honesto, comprometido y de alto rango, pero el marco industrial y mercantil en el que existe lo convierte en otro souvenir.
Desde el lanzamiento de su triunfal álbum, el primero cantado en español que se alza con el galardón de disco del año en los Premios Grammy, Bad Bunny intentó una relación con Kendall Jenner (sionista) y ha sido el artista más escuchado de Spotify (ya lo fue tres años consecutivos, en 2020, 2021 y 2022), una compañía con muchas polémicas a sus espaldas (entre otras, la de emitir anuncios del ICE, el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos). Además, han surgido cables e investigaciones que especulan con la conexión de RIMAS, la empresa que le respalda, con el chavismo (Rafael Ricardo Jiménez Dan). Gracias a (y a pesar de) todo eso, Bad Bunny goza de una autoridad cultural inédita: es el máximo exponente de un artista "local" impactando globalmente.
El struggle que Benito necesitaba...
Uno de los bloques de aquel ensayo se tituló "Héctor Lavoe quería conquistar América y Benito la quiere dejar". Para mí, el contraste entre esos dos tipos de "puertorriqueñidad" servía para contextualizar aún más al propio Bad Bunny: la del Jíbaro (Lavoe/Fania) era una realidad nacida del struggle verdadero, del exilio, desde la clase trabajadora y la calle, mientras que la de BB emerge desde una megacelebridad que puede permitirse "rechazar América" sin dejar de ser el centro del sistema. Dos aspiraciones opuestas, una evolución lógica y la misma decoración y vivencias alrededor.
¿Qué es lo que ha cambiado en 370 y pico días? (Desde 'DTMF' al reciente Halftime Show). Que ahora, Benito sí tiene un struggle político rodeándolo, ahora ya no quiere abandonar América, sino que quiere proponer la suya. A riesgo de simplificar demasiado, me atrevo a decir que ha sido Donald Trump + su enfoque migratorio y la dictadura del ICE en Estados Unidos lo que ha convertido a Bad Bunny y sus stickers en una expresión política de primera necesidad.
¿Lo que sigue exactamente igual? Que ni la Super Bowl LX (ni ningún espectáculo de estas características) tiene la capacidad de transformar absolutamente nada.

Bad Bunny es político, pero no hace política...
Es confuso, lo sé, pero dejadme explicaros que BB puede ser político y no estar haciendo política. Empecemos por lo básico: como vengo insistiendo en mi producción editorial de los últimos tiempos, todos los artistas están en una posición política aunque no quieran o pretendan no estarlo.
La "neutralidad" que antaño caracterizaba a parte de la clase "creativa" está extinta y no porque yo o alguien más lo haya querido así, sino porque hoy todo gesto masivo será interpretado, instrumentalizado y usado como prueba por otra persona/entidad.
El precio del impacto global es ser esclavo de una exposición constante y su régimen de expectativas: un artista como Bad Bunny entra en un estadio y, de inmediato, se le atribuye una función pública, ya sea representar a una comunidad, corregir un relato nacional, calmar una herida histórica, señalar a un enemigo, dar esperanza, sostener orgullo... Cualquiera de sus gestos será interpretado, recortado y redistribuido como una prueba. ¿De qué? Dependerá del interesado: ¿discutir pertenencia? ¿Ciudadanía? ¿Idioma? ¿Raza? ¿Moralidad? ¿Hegemonía? ¿Lifestyle?
"Politicidad" y "política"
Pero aunque "la mera presencia ya sea política" (activa tensiones) y el sistema de distribución cultural impida que la neutralidad sea "legible" y/o "estable" como categoría, no toda politicidad tiene la misma densidad. Y que una figura como BB sea leída políticamente (ya que opera dentro de un campo de hiperpolitización) no significa que esté produciendo una "política transformadora".
- Politicidad: estar implicado en estructuras aunque no "milites". La manera en que cualquier vida queda inscrita en un sistema.
- Política: intervención con continuidad, coste y orientación estratégica. Se intenta reconfigurar el sistema y no solo habitarlo.