A finales de 2025, Pitchfork ya empezó a dar muestras de lo que pretendía. Lo primero fue medir la temperatura de sus lectores lanzando el anzuelo de una nueva feature: la posibilidad de que cualquiera pudiera poner nota a los álbumes que el medio había o iba a reseñar ("reader scores"). ¿Quién no ha sufrido un repentino ataque de bruxismo al observar alguna calificación en Pitchfork? Y por tanto, ¿quién no ha querido intervenir de alguna manera para decir la suya?

Desde que Instagram concentra gran parte del comentario cultural a nivel global, los hilos relacionados con las populares reseñas de la publicación se llenan de todo tipo de señales: "agree", "disagree", "habéis perdido el rumbo", "es el mejor disco de la historia" o "bullshit". Gente descontenta, gente que matiza o gente que busca incordiar o desnivelar si hay un consenso generalizado. Sea como sea, nadie puede negar que las reviews de Pitchfork son su principal reclamo; ya sea por acierto, por omnipresencia, por cubrir un ancho de banda que resultaría difícil para otro medio de comunicación similar o por la confianza que se han ganado como producto.

Entonces, tiene sentido que lancen un paywall y pongan en valor un costoso trabajo crítico que, en estos momentos, resulta escaso. ¿No? (Qué puedo decir yo, que justamente he escrito decenas de párrafos inculcando que la "crítica" debe regresar y se debe pagar por ella). Lo que no resulta tan simple ni tan objetivo es, como siempre, todo lo que puede desencadenar (o revelar) un movimiento como este:

¿La recepción mayoritariamente negativa tiene algo de "real"? ¿Entonces todos los medios que opten por poner precio a su "contexto" contribuirán a la nueva batalla cultural que se está empezando a gestar en el espacio sociodigital? ¿Se puede salir vivo y con la misma integridad tras dar poderes al fandom?

Hay más, pero a continuación los ordeno y paso revista:

¿Qué está poniendo en práctica Pitchfork?

Sí, están activando un paywall con efecto inmediato, pero no es uno común, sino selectivo: a través del reclamo de su activo más leído, sus críticas, pretenden que la "sensación de comunidad y/o pertenencia" sea lo que acabe despertando al potencial suscriptor. La "oportunidad de formar parte de la comunidad de Pitchfork" es el verdadero producto, vaya.

  • Lanzan suscripción de $5/mes.
  • Suscriptores pueden puntuar (siguiendo la escala Pitchfork, ahora pública) y comentar.
  • El reader score aparece cuando hay más de 5 puntuaciones.
  • Dicen explícitamente que creen en la autoridad y primacía del gusto Pitchfork, pero añaden el de los lectores.
  • Moderación editorial y Community Guidelines.
  • El archivo completo (más de 30.000 reviews) pasa a ser parte del pack.
  • News/Features/Columns seguirán siendo gratis, y permitirán 4 reviews gratis al mes. Para leer sin límites, ver los reader scores y leer/participar en comentarios: paywall.
La decisión de Pitchfork concentra casi todo lo que le ha pasado a la crítica en la última década: la autoridad se vuelve discutible, la lectura lenta se vuelve minoritaria, la conversación se descentraliza en una interfaz que premia la reacción antes que el método.

La conversación se convierte en nuevo el producto

Ellos mismos admiten que sus reviews suelen disparar conversaciones en otros sitios (foros, plataformas). Es lógico que busquen que todo eso ocurra "en casa", ya que sería una forma de recuperar tráfico, ganar retención y sobre todo aumentar la centralidad en una era donde todo se fragmenta y desparrama. Obviamente, el paywall no sólo monetiza: selecciona quién habla, quién mira, quién puede influir, etc. Pitchfork nos está diciendo que "si quieres entrar en el discurso, paga". Y que su comunidad, a partir de ahora, será un club, una biblioteca con ticket de entrada.

Aunque Pitchfork no lo admita, la "crítica" es inviable como servicio público.

De lo poco realmente iluminado que he leído estos días sobre los cambios de Pitchfork lo podéis encontrar en esta pequeña nota de Shawn Reynaldo en First Floor. Allí se presta atención al "cierto" abuso de retórica que Mano Sundaresan está usando para maquillar la realidad: "Impulsando una narrativa optimista de que “la música y la crítica musical son inherentemente sociales”, Sundaresan no mencionó la necesidad de aumentar la participación de los usuarios ni de crear una nueva fuente de ingresos estable".

¿Por qué Pitchfork prefiere ese mensaje y ese lenguaje amable en vez de admitir que "las reviews cuestan dinero y el mercado publicitario ya no sostiene esto"? ¿Necesita que el "cobro" sea más digerible? En estos casos, siempre hay una tendencia a priorizar el relato (en clave de comunidad, de conexión, de participación, como si pagar fuera una manera de pertenecer a un proyecto cultural y no una transacción más por un archivo), pero obviar la realidad nos desvía del verdadero problema: ejercer la "crítica" es inviable como servicio público.