La clásica discusión de si algo "es bueno" o "es malo" sigue existiendo, pero su devenir se ha complicado en la última década.

Antes, una "crítica" ("review") musical podía sostenerse sobre una operación relativamente fácil: alguien escuchaba una canción, un disco → emitía un juicio y ese juicio circulaba dentro de un marco cultural más o menos compartido. Tras el colapso de contextos patrocinado por las "redes sociales", esto se parece mucho a la guerra: nadie parte del mismo mapa, nadie sabe con precisión a quién está hablando, las jerarquías comunes se han desmontado y cada realidad tiene su propio canon.

Comunidades, algoritmos y circuitos/nichos de validación producen sus propios marcos de lectura. En otras palabras: lo que para unos es hallazgo, para otros es mediocre; lo que para unos asciende a la categoría de arte, para otros es un refrito. Tú puedes considerar algo "un clásico" y yo ni siquiera saber de su existencia.


El colapso de la "crítica" tradicional

Esta situación ha afectado a lo que consideramos "crítica". Una opinión por sí sola, ante la saturación de ellas, no vale absolutamente nada. Puede dar juego, pero poco más. La argumentación "crítica" previa a internet tenía sentido, porque los "críticos" eran los gatekeepers que mediaban entre nosotros y la inmensidad cultural. El activo en el que se apoyaban artistas para llegar a su audiencia o fandom. Y viceversa.

Hoy, dentro de un espectro digital que, además, nos incita a "opinar" de forma reactiva y sin pensar, el "juicio" en sí mismo se ha inflacionado hasta lo extremo. Es ese ruido de fondo que escuchamos tras la llegada de cualquier obra artística: valoraciones, puntuaciones, takes, recomendaciones y microveredictos son capaces incluso de sepultar la propia obra de la que derivan. Así que podemos imaginar lo que provocan sobre un ejercicio argumentativo elaborado: lo invisibilizan por completo.

La versión nostálgica de la "crítica" genera hoy demasiada fricción → reclama demasiada atención y por tanto → se vuelve prácticamente ilegible.

Inflación musical + escasez de atención + gusto subordinado

Resulta obvio, a estas alturas, decir que "nunca habíamos tenido acceso a tanta música" como ahora. La cantidad disponible no para de subir año tras año desde la normalización del modelo del streaming y la democratización de ciertas herramientas de creación, pero como también sabemos: abundancia musical no es lo mismo que riqueza musical.

El principal problema, que tampoco sorprende, es que las condiciones de escucha se han degradado → debido al sistema de distribución fragmentario impuesto por las mismas plataformas digitales, la capacidad de atención se ha vuelto escasa y la industria necesita contenido adaptado a la velocidad de absorción de los usuarios. Inflación de contenido → disminución progresiva de la atención. Como consecuencia, se impone el playlisting, los snippets, las canciones adaptadas a la fisonomía de redes sociales como TikTok, y cada vez hay menos tiempo para degustar obras conceptualmente impactantes o para los larga duración.