Siempre soy sincero, pero en esta pieza voy a serlo todo lo posible. Algunos llevamos tiempo viendo cómo la playa no para de llenarse de mierda; restos de plástico, colillas de cigarros a los que dieron sólo dos caladas, latas de comida preparada y otros comunes a los que ya estamos acostumbrados. Para ser más concreto, me refiero a este tipo de residuos: espacios con firma en plataformas "respetadas" que básicamente contaminan el espacio digital con SLOP, sucedáneos intelectuales creados con modelos de IA generativa.

Este que señalo es uno de los más flagrantes a los que he seguido la pista durante meses, pero hay absolutamente de todo y para todos: cuentas de Substack para "personas creativas desorientadas", otras dedicadas a la autoayuda o salud mental, otras enfocadas en nichos muy particulares y muchas (muchas, muchas) cuentas de Substack que irónicamente analizan la actualidad tecnológico-cultural como lo haría cualquier ensayista. Tal y como yo lo hago desde hace más de 15 años. Y no tenemos que limitarnos al texto o la creación de carruseles en Instagram; son igualmente predecibles y mediocres las voces y analistas que explotan el vídeo corto o el "hot take".

Obviamente sean quienes sean estos individuales y procedan de donde procedan están en todo su derecho a abrirse un blog y producirse un discurso (más o menos profundo → más o menos accesible). Pero duele ver cómo se abarata la escritura, y más cuando 1) a nadie le interesaba lo más mínimo escribir textos largos y ponderados hace literalmente dos años o 2) la prensa generalista y cabeceras independientes siguen bajando las tarifas por artículo a los periodistas.

Como digo, ha sido un año entero de observar de cerca un cambio de paradigma (por no llamarlo "tendencia"): gente (en su mayoría, influencers) que hasta hace poco no opinaba de ciertas áreas (estaban callados por miedo a parecer ignorantes y/o no parecer suficientemente inteligentes/interesantes) y ni mucho menos publicaba nada al respecto empieza a producir dos artículos por semana, y ciertas ideas aparecen a la vez en cincuenta newsletters, repitiendo el mismo desarrollo ecuánime y volviéndose obsoletas entre ellas.

Todo llega envuelto por la misma competencia instantánea: análisis correctos, plausibles, equilibrados y razonablemente informados. Podrías intercambiar muchas de esas firmas sin que cambiara nada, sólo los colores, el titular o las imágenes con las que haya decidido decorar la pieza.

Por un momento he llegado a sentir la misma sensación de "intrusión profesional" que debieron sentir muchos DJs cuando se democratizó el rol del pinchadiscos. Incluso he llegado a pensar: ¿quién puede querer estar en este lugar? ¿Quién puede anhelar dedicarse a escribir sobre cultura? ¿Querrán saber lo que significa autoprecarizarse?

Antes de empezar: todos somos parte del mismo problema.

En un boletín retrospectivo que mandé en junio, yo mismo pensaba en voz alta: "digas lo que digas los millones de nuevos Substacks no desaparecerán y aquí sólo hay una regla válida: tonto el último".

Lo escribí y pensé como alguien que se sabe parte del mismo problema. Porque entre todos ponemos muy difícil no ser o no parecernos al SLOP que tanto criticamos/rechazamos: producción industrial, que en algunos casos sólo ocupa espacio y que ya nace con la sensación de suficiencia, de salvar la papeleta un día o una semana más.

Si eres divulgadora sabrás que es complicado no acabar escribiendo por FOMO, porque los algoritmos te piden su ración semanal de opiniones en negrita, punch lines o polémicas. Uno tiene que forzarse a respirar hondo y decirse a sí mismo: "no, yo no quiero ser SLOP". No quiero ser una máquina de producción editorial que contradiga directamente la tesis que vertebra mi proyecto (la "creación de contexto") y escupir un ensayo cada dos días. Sea cuál sea el mantra sirve para poco: en un sistema digital que premia la frecuencia y la eficiencia, la constancia es mucho más importante que la calidad o la intención.

No hace falta meterse a debatir o mencionar a la inteligencia artificial para notar que el panorama editorial ha cambiado a pasos desenfrenados; la homogeneidad es una sensación tangible, publicar requiere menos tiempo y la saturación de contenido derivado es más que amenazante.

Muchas de las fricciones están desapareciendo; ya no hace falta haber rebuscado o pensado demasiado antes de lanzar un artículo. Ni siquiera tienes que explorar qué es lo que quieres decir al respecto de algo. El tiempo apremia y las olas se te escurren entre los dedos.

Todo el mundo parece, de repente, más inteligente de lo que era, y esa inteligencia (la que se alquila por veinte euros al mes), modifica también el valor de las piezas que llevan días o semanas de trabajo (estén de acuerdo o no, lo tengan en cuenta o no).

El Aquelarre, de Francisco de Goya.

Substack da herramientas a los lectores para practicar el claudefishing.

Muchos lectores llevaban tiempo señalando la contaminación de contenido regulero en Substack, incluyéndolo como una de las señales inequívocas de la mierdificación de la plataforma.

Las listas de tics identificativos (guiones largos, casi todo sustantivo con adjetivo delante, símiles constantes, descripciones en listas de tres, la antítesis, abuso de las disyuntivas, etc) de los escritos generados por LLM ya son un tipo de SLOP en sí mismo: Medium, Instagram y la misma Substack están saturados de artículos, posts o carruseles, a menudo generados artificialmente, que denuncian la práctica sumergida de contenidos generados artificialmente. El SLOP y la policía anti-SLOP conviven en puerta con puerta.

Y como ha pasado en Bandcamp, en Spotify, en Deezer, en Subvert o en TIDAL (entre otras muchas plataformas del espectro de la "creator economy"): nadie quiere que el usuario, su principal fuente de extracción, se cabree por la polución y acabe yéndose o desinstalando la aplicación. Así que omiten que el mismo SLOP es beneficioso para ellas (por tráfico, retención y subida de tolerancia) y pasan a cerrarle las puertas de una forma puramente "cosmética".

Lo anuncian a los cuatro vientos y sacan pecho por ello, a pesar de que saben que están dando fuel a dinámicas tremendamente tóxicas y que, siendo completamente honestos, no tienen los medios para aportar el 100% de fiabilidad.

En cualquier caso, Substack (parece) que lo quiere hacer diferente:

  • Asunción. Dan como cierta la estimación que apunta a que algunas plataformas ya contienen hasta un 40% de texto sintético.
  • Escaneo a petición. Cualquier lector escanea publicaciones, notas, respuestas y comentarios de más de 100 palabras. Recibe un porcentaje estimado de cuánto se escribió con IA.
  • Privado. El análisis solo lo ve quien lo pide. No queda pegado como etiqueta pública.
  • Herramientas para el autor. Escanear tus borradores, desactivar el escáner pieza a pieza, reportar escaneos erróneos, y colgar una declaración de "How I make this" que explique tu proceso.
  • Motor. Integran a Pangram, una empresa cuyo negocio es detectar IA. Se autodenominan "el detector que SÍ funciona"...
  • Bautizo. Chris Best, co-fundador de Substack, ya ha acuñado un término: claudefishing → el desajuste entre lo que el lector espera y la realidad, cuando invierte atención en algo sin pensamiento humano detrás. Cierra una de sus publicaciones al respecto con una frase lapidaria: "cuando quiera la opinión de Claude, se la pediré a Claude".
Claudefishing: hacer pasar por propio y humano un texto escrito por IA, engañando al lector que le dedica su atención esperando que haya una persona detrás. Claude (Anthropic) + catfishing: un engaño de identidad, como el de las citas o las estafas sentimentales, pero con la autoría.

A largo plazo, el porcentaje puede comerse al texto.

Cuando me enteré de que Substack iba a comenzar con su "agenda anti-SLOP" tuve sensaciones contradictorias: primero alivio ("quizá esto ayuda a descongestionar el espacio divulgativo"), pero inmediatamente después comenzaron a invadirme los matices. Entre otras muchas cosas, te preguntas qué será exactamente lo que Substack considerará como SLOP, qué método seguirán para analizarlo, cuál será el índice de falsos positivos y a quién le conviene habilitar justo ahora un sistema forense descentralizado.