Mi padre no era catalán, pero siempre lo decía: "tal día farà un any" ("tal día hará un año", en su caso). Mi madre es mallorquina, como yo, así que supongo que al oírselo a ella, acabó adoptando su propia versión (en cordobés). Me lo decía siempre que quería trasladarme dos cosas a la vez: 1) el tiempo acaba imponiéndose en casi todo, 2) así que no vale la pena preocuparse demasiado por nada.
Es sabiduría popular, al igual que "todo cae por su propio peso" o "el tiempo pone a cada cuál en su sitio". Aunque hay una leve diferencia: estas dos frases apelan al tiempo como un juez invariable, aquel que hará que lo verdadero se sostenga y lo falso acabe enterrado. En la que titula este artículo, en cambio, no hay ninguna "fe moral", simplemente avisa que todo puede llegar a ser irrelevante mañana.
No pude evitar acordarme del mismo dicho cuando hace unos 10 días, un usuario me envió por DM una imagen de un cartel de Sónar Festival, el típico cartel pegado encima de otros muchos carteles en los cilindros repartidos por toda Barcelona. A simple vista parecía un póster corriente, con el branding escogido este año por el festival, pero tras un momento te dabas cuenta de que era un détournement (la apropiación del lenguaje publicitario contra el anunciante) en toda regla: bajo el layout de Sónar, aparecía la postal de una Gaza arrasada, con población palestina cargando bultos y un minarete, en pie a duras penas, al fondo.
Mi aún existente pero muy diluida vocación periodística me impulsó a publicar la imagen, sorteando incluso mis dudas sobre su credibilidad (seguramente a estas alturas ya no hace falta que explique que hoy ya no podemos confiar en ninguna evidencia visual). El hermano de mi pareja, que vive en Sants, fue a comprobar por mí si aquel cartel era real. Mientras, mi sorpresa llegó cuando muchos de los mensajes que recibía iban en una dirección inesperada: "¿será verdad?", "¡No tienen vergüenza!", "Wow, menudo rostro hay que tener".
Muchas personas creyeron que Sónar, hace un año en el centro de una de las polémicas más intensas que se recuerdan en el sector cultural, se podía permitir el lujo de tal obscenidad. El sistema se ha vuelto muy descarado, lo admito, apenas hay disimulo y muchas organizaciones tienen la controversia como interfaz, pero empapelar Barcelona con su logotipo sobre las ruinas dejadas por el genocidio palestino se pasaría incluso de red flag, ¿no?
Aquellos carteles eran reales, se podían tocar, me lo confirmó Alejandro un rato después. Al parecer había varios jóvenes colgándolos por todo el barrio de Sants, a modo de campaña independiente. No he podido todavía averiguar quién estaba detrás exactamente, pero el daño, al menos en mí, ya estaba hecho.
¿Cuándo fue la última vez que un anuncio os hizo pararos por la calle? Aquel cartel lo simplificaba todo: estaba rehecho artesanalmente para que dijera la verdad, y además de denunciar, volvía a traernos de frente una conversación que nadie sabe por qué se ha acabado apagando. La atención ahora está en otro sitio, muchas personas han dejado de mirar, y la estructura de Sónar apenas se ha movido. Efectivamente: el tiempo borra sin resolver.

Regreso a 2025: ¿qué ocurrió con Sónar Festival?
En este punto conviene retroceder hasta abril de 2025: al igual que Boiler Room, Sónar fue protagonista de una intensa campaña en su contra cuando se conocieron los intereses de KKR (firma de capital y riesgo americana, siglas de Kohlberg Kravis Roberts) en la Palestina ocupada (en concreto: Axel Springer → Aviv Group GmbH → Yad2 Internet Ads). KKR compró Superstruct Entertainment en 2024 por unos 1.300 millones de euros, y con el conglomerado heredó más de 80 macroeventos en una decena de países, Sónar, Arenal Sound, Brava Madrid, Viña Rock, Resurrection Fest, Monegros, Madrid Salvaje o FIB incluidos.
Tras presionar distintas organizaciones para que el festival barcelonés emitiera una posición clara al respecto, una sucesión de comunicados evasivos por su parte acabaron por situarle primero en el centro de una tormenta mediática y después como objetivo de un boicot oficial. Llegaron a cancelar su participación más de 40 artistas, pero el festival se celebró y apenas notó las consecuencias: 161.000 asistentes, récord de su historia.
En septiembre de 2025, Superstruct se convirtió en accionista único de Advanced Music S.L., la matriz de Sónar, y "apartó" (según la prensa generalista, fue más un "bajarse del barco") a los socios fundadores, aquellos que habían construido la relevancia cultural del proyecto: Ricard Robles, Enric Palau y Sergi Caballero, además del director Ventura Barba. Les iba a sustituir François Jozic, un CEO puesto a dedo para "gestionar" la nueva etapa de la organización.
El problema que todos compartimos: el de la "escenografía moral".
Hace tan sólo unas horas, Sónar ha anunciado el sold out de algunos abonos para su inminente nueva edición en Barcelona. Al mismo tiempo, el genocidio contra la población palestina no ha cesado: desde el anuncio del alto el fuego el pasado mes de octubre, y según la Government Media Office en Gaza, Israel ha asesinado a casi un millar de personas. ¿Podríamos haber intuido esta situación hace exactamente un año?
Bueno, en parte sí: si el boicot más ruidoso que se recuerda en la industria musical ya coincidió con la mejor taquilla para el sujeto del propio boicot, ¿qué podemos esperar para un 2026 en el que la atención sobre Gaza ha disminuido notablemente? "Mucho ruido y pocas nueces", tocaría decir ahora.
En un reciente artículo de investigación titulado Moral Outrage Predicts the Virality of Petitions for Change on Social Media, But Not the Number of Signatures They Receive, el equipo formado por Stefan Leach, Magdalena Formanowicz, Jan Nikadon y Aleksandra Cichocka intentó determinar si había alguna relación entre publicaciones en redes sociales que animaban a firmar peticiones del tipo Change.org y el éxito de las propias peticiones. Para sorpresa de nadie, con lo que se encontraron fue que la indignación moral hace que un post se comparta y reciba "likes", pero no que la petición se acabe firmando.