La evolución de James Blake hasta hoy me causa sensación. Y no es de ahora. La fluidez con la que el británico experimenta en redes sociales, se contradice a sí mismo y persigue la viralidad me tiene fascinado. A veces se muestra como abogado representante del gremio artístico independiente, y otras simplemente flexea o saca pecho de su propia mainstreamización. Sea como sea, consigue lo que andaba buscando: acaparar atención y, solo después, generar algo de conversación.

El pasado 22 de junio, el artista (ahora independiente) de nuevo residente en Londres tras 11 años en Los Ángeles, subió un story de Instagram que volvió a circular como la pólvora: era una lista de motivos por los que "ya no se puede confiar en nada" dentro de la industria musical.

Al estilo Ted Gioia, Blake arremetía contra las reviews (porque los blogs y revistas dejaron de ganar dinero y ahora, dice, los periodistas cobran de las discográficas), las secciones de comentarios (llenas de cuentas de fans falsas que fabrican efecto arrastre), los números de YouTube (comprados por los sellos), los números de streaming (inflados por bot farming pagado para forzar descubrimiento) y, como remate, "ni siquiera se puede confiar en que una canción la hayan hecho seres humanos".

La publicación cerraba además con un mensaje motivador para todos los artistas, dando muestra de su americanización: "en 2026 no hay una sola parte del sistema que no esté trucada, así que probablemente lo estás haciendo mejor de lo que crees".

No se puede negar que el mensaje está bien construido, ya que esquiva una posición "eminentemente neoludita" (rechazar abiertamente la expansión de la IA generativa, una tecnología de la que ya habló con cierto entusiasmo aquí, en 2023) y ataca sobre algo más genérico y transversal: hoy en día la "sospecha" es nuestro estado por defecto, ya no podemos confiar en nada, ni siquiera en nuestras propias reacciones.

Me arriesgo a decir que lo de clamar al cielo y decir algo tan obvio como el "todo es fake" puede considerarse un género de denuncia propiamente dicho: lo real ya no puede probarse a sí mismo, todo en nuestro presente es fabricable, y declararlo con cierta frecuencia actúa al mismo tiempo como consuelo, coartada y expiación.

1) "Sí, nuestro GUSTO es FAKE".

Voy a empezar por lo supuestamente más genuino, aquello que años atrás nadie hubiera pensado que nos pudieran arrebatar o condicionar nuestro control sobre ello. Cualquier persona que pise tierra en estos momentos sabe o se imagina que su "gusto" está manipulado por la exposición continuada a sistemas algorítmicos, pero como ya analicé en este artículo sobre la polémica de Geese y la generación de "contexto sintético", hoy en día la posibilidad de influir en la audiencia alcanza niveles de perversión inimaginables.

Tras los editoriales pagados a influencers, el song seeding o las campañas concentradas en TikTok, agencias como Chaotic Good, Floodify, Doublespeed o Autoviral ya no se limitan a prometerte "un éxito asegurado": fabrican la viralidad misma comprando y trucando el hábitat donde se forma el juicio de los usuarios y potenciales fans. Crean multitud de cuentas, generan provisiones meméticas, las automatizan y se infiltran en hilos de comentarios para que cuando llegues al contenido en cuestión, ya notes que hay una recepción positiva o un grado de interacción que te haga quedarte. "El consenso es contagioso".

Son anuncios que no parecen anuncios, que hacen creer a los fans que su descubrimiento es orgánico. Entidades que se dedican a intervenir el entorno donde nace nuestro gusto, como si de una nueva y sofisticada actualización de la payola clásica (cuando los sellos pagaban a las emisoras por pinchar temas, práctica que se acabó ilegalizando y que hasta hoy tenía su versión contemporánea en el Discovery Mode de servicios de streaming como Spotify) se tratara. Y no se esconden: admiten públicamente sus mecanismos propagandísticos para generar consentimiento, incluso hablando de ellos como algo aspiracional.

Resultado: nuestras propias reacciones dejan de de servir como prueba de que algo es bueno, es "de calidad", "es relevante". Ya no podemos fiarnos ni de nosotros mismos, ni de nuestros impulsos más íntimos, porque es posible que cualquier resonancia haya sido prefabricada o inoculada. Antes, cuando una banda lo rompía, se asumía que se lo había ganado; ahora se asume que alguien lo está pagando, que es un industry plant o que hay algún entramado perverso detrás de su propulsión.

2) "Sí, los FANS son FAKE".

Existen montones de estudios actuales y que se actualizan constantemente sobre el índice de tráfico artificial en internet. Son pruebas fehacientes de que la Teoría del Internet Muerto dejó de ser un invento urbano conspirativo y ya es una profecía autocumplida. El CEO de Cloudfare, Matthew Prince, manifestó hace poco que los bots ya habían superado al tráfico humano (57% de bots, según él) y que la explosión de los agentes autónomos de IA generativa estaba acelerando este proceso.

Los fandoms existen, doy fe: arremeten contra la crítica cuando ésta no coincide con sus creencias, los vemos poblando los conciertos de artistas como ROSALÍA, Bad Bunny o Taylor Swift, y sabemos de ellos cuando se quejan porque alguna promotora o tiquetera les ha hecho esperar demasiado en una cola virtual (o porque no han podido acceder a algún espacio VIP en forma de "casita"). Pero ¿y ese grueso intangible que infla métricas de reproducción o desata engagement comentando sin parar? No podemos confirmar que detrás de todo eso haya únicamente "gente humana".

Floodify, por ejemplo, tiene Floodify Burn, un producto con el que dice desplegar contenido a través de más de 45.000 cuentas de TikTok e Instagram (influencers hechos con IA generativa, páginas de memes y redes de fans nicho) para viralizar a escala. Cita a clientes como las tres principales majors (Sony, Warner, Universal), Empire, Interscope, Columbia o Capitol. Esto quiere decir que lo que hasta ahora era "una intuición", o "un mal presagio", hoy se puede hasta confirmar: las secciones de comentarios están plagadas de cuentas falsas creando efecto arrastre.

Volvemos a lo de antes: si los vítores, el aplauso, los props, se pueden trucar fácilmente (y que salga barato), los vítores, el aplauso y los props dejan de ser una señal de confianza. Lo más incómodo de todo esto es lo que ya apunté en su momento: Geese, por seguir con el mismo ejemplo, es una banda real con fans reales, pero circula a través de una infraestructura de percepción artificial. Y esa sospecha, una vez sembrada, contamina también lo genuino.

3) "Sí, los NÚMEROS son FAKE".

Supongo que es el bloque más obvio de esta radiografía: pegas una patada a una piedra y te sale alguien que ha comprado seguidores, ha usado él mismo bot farming o está inflando sus estadísticas para así mejorar su percepción y oportunidades. Siempre hemos mentido, omitido o endulzado para "aparentar" más de lo que somos, pero a estas alturas todo el mundo tiene asimilado que nuestra realidad se ha vuelto un completo simulacro.

Del mismo modo que ya no podemos creernos las miles de interacciones que genera un post en redes sociales, los streams artificiales llevan varios años siendo una constante de la industria musical. Pero ya no se trata de un sello o un proyecto musical forzando su performance a base de reproducciones falsas: con la aparición de los mercados predictivos, los incentivos cambian de manos y también de forma.

Hace una semana, Earrings de Malcolm Todd llegó al número uno de Spotify con 4,1 millones de reproducciones diarias, hasta que un apostador de Kalshi (Caleb Davies) señaló un salto imposible (una entre setenta y siete octillones de probabilidades) y Spotify, tras confirmar el fraude, borró más de medio millón de streams. Ahora un artista puede llegar a ser un éxito y ni él ni nadie de su equipo tener nada que ver, ya que estos mercados predictivos (bloqueados en España, por ahora) actúan como nuevo motor: si apuestas a que un tema liderará un chart, pagar los streams te sale rentable.

En 2024, todavía sin el auge de la IA generativa y la posibilidad casi coloquial de crear agentes y automatizaciones, Beatdapp ya estimaba que al menos el 10% de las reproducciones globales de música eran falsas. O lo que es lo mismo: unos 2000 millones de dólares al año. Ahora, con la IA generativa echando llamas (según datos de Suno, en su plataforma se crean a diario unos 7 millones de tracks, y Deezer afirmó que el 44% de las canciones que se suben cada día ya son generadas por IA), el círculo se perfecciona: por muy bajo coste, podemos combinar contenido sintético y tráfico sintético en un loop de máxima rentabilidad.

Es justamente lo que hizo Michael Smith entre 2017 y 2024 para desviar hasta 10 millones de dólares de regalías que hubieran correspondido a artistas reales. Tras declararse culpable por fraude electrónico, el de Carolina del Norte se encuentra en libertad provisional a la espera de saber cuánto tiempo tendrá que pasar en prisión.

A Drake ya le cayó una demanda colectiva a finales de 2025 por lo mismo: por la inflación artificial e inusual de streams que además tenían una "sospechosa" procedencia. La demanda se quedó en agua de borrajas, pero eso no le ha impedido asaltar recientemente todos los charts internacionales con otra maniobra espectacularmente vergonzosa: no sacar un sólo álbum, sino tres a la vez. Puro SLOP: vencer por escala, por la fuerza, por cantidad, arrasar en métricas porque es imposible no enterarse de que acabas de sacar nueva música.

4) "Sí, los INFLUENCERS son FAKE".

Muchos influencers (reales) siguen esforzándose en etiquetar su contenido como "publi" cuando están promocionando algún producto. La novedad es que ahora, el influencer pasa a ser el producto mismo.

Durante esta Copa del Mundo de Fútbol estamos asistiendo a la consolidación de un fenómeno que ya venía asomando en muchos eventos deportivos: clips de supuestas "aficionadas" generados por IA, que acumulan cientos de millones de vistas y esconden un modelo de negocio basado en la hipersegmentación algorítmica y los embudos de atención.