Yo mismo llevo acusándola desde más o menos 2018. Fue el año del batacazo de Scorpion. En algunos circuitos, por aquel entonces, ya se denominaba a estos síntomas como "Drake Fatigue": cansancio, hastío e incluso repulsión ante cualquier novedad o actualización relacionada con el artista. De hecho, y como revelé en mi último podcast de Pizá i Fontanals, tuve mucho tiempo alguna de sus portadas enmarcadas en mi casa. Hasta que decidí llevarlas al contenedor más cercano.
Como crítico cultural en activo, me puedo imaginar que no soy el único que estos días ha pasado por ciertas dificultades: tras perder la última gran guerra del Rap contemporáneo contra Kendrick Lamar, ver cómo el de Compton le humillaba en plena Super Bowl y tras unos meses de silencio y pasivo-agresividad, no un nuevo álbum de Drizzy, sino TRES NUEVAS OBRAS y 43 canciones. Todo precedido desde hace semanas por un despliegue de medios sin igual en un rollout al alcance de muy pocos. ¿Resultado? Nada, salvo el revuelo generalizado, acumulación de pésimas críticas y alguna actualización de récords en plataformas de streaming que se logran por la pura obscenidad estructural del movimiento.
Voy a repetir la palabra "obscenidad" porque creo que aquí es del todo adecuada. Actualmente es un "atributo" que podemos usar con más ejemplos: basta con mirar a Ye (Kanye West), quién inició hace varios años otro proceso de degradación y mierdificación en directo. A diferencia de Drake, y a pesar de su comportamiento errático, gusto por el rage bait, polémicas diversas y música de calidad insuficiente, todavía consigue teledirigir nuestra atención con cierta credibilidad. Aunque sólo sea por el enorme globo terráqueo por el que pasea sus ruinas mitológicas en sus últimos shows.
Estaréis de acuerdo conmigo cuando digo que lo que está pasando con Ye es similar a lo de Drake, aunque ambos tengan personalidades distintas. Hay ausencia de decoro, amplificada por una sensación de que ya van "a cara descubierta" y les importa bien poco si a alguien le gusta o no su música. Son grandes, tienen envergadura y si hace falta se instalan en tu piso por la fuerza. Se trata de un despliegue apabullante que genera consentimiento. De lo que voy a empezar a llamar "lache industrial": cuando un icono global intenta corregir una pérdida de aura con una demostración de escala.

El Drake de 2026 y el "lache industrial"
Que Drake lleva años lejos de su mejor nivel es un hecho empírico. Sin distinguir entre su faceta como rapero, cantante o culture vulture de escenas emergentes. De los apoteósicos lanzamientos de Take Care o Views ya sólo quedan cenizas, nostalgia, y lo que nos ha deparado en su último lustro es la versión más patética (Certified Lover Boy), cosplayera (Honestly, Nevermind) y casi "manosférica" (Her Loss, For All The Dogs) del de Toronto. Ha llegado un momento que no entendemos cuál es el objetivo de Drake más allá de la acumulación y por supuesto su "aura" se ha ido desvaneciendo álbum tras álbum. Por otro lado, el Drake de hace una década, el de Hotline Bling, ha dejado de tener gracia.